sábado, 30 de octubre de 2010

De la Revolución y las Estrellas



De la Revolución y las Estrellas.

“habría que decir en lo inmediato que la vida se ha ido haciendo más difícil...”

Este breve artículo está teñido de emoción. No pretende ser un registro ni la crónica de un momento histórico. Pero tiene la humilde pretensión de llegar hasta los huesos porque en él compartiré cosas muy íntimas.
Soy un convencido que el tiempo -ese viejo pendejo y matamoros-, pone en su exacta dimensión los hechos, los aciertos y las omisiones.
Digo esto porque hoy, Viernes 29 de octubre de 2010, la ciudad de Barcelona realizó un Homenaje a Quilapayún, por su férreo compromiso con la libertad de diversos pueblos del mundo. Dicho de otro modo, por conciliar algo que resulta tan esquivo en el arte: la Estética con la Ética.
La intrahistoria señala que en 1974, Quilapayún -a la sazón exiliados forzosamente en Francia, donde los sorprendió el Golpe Militar-, arribó hasta Barcelona para cumplir una actuación en el marco de la Agermanament (“Hermanamiento”), una actividad artística de solidaridad organizada por algunas asociaciones cristianas de Catalunya.
Dicho concierto, en palabras de Eduardo Carrasco, director de esta emblemática agrupación, es uno de los más memorables, por cuanto en España todavía campeaba el Franquismo. Sin embargo, la cantidad de gente que convocó (y de poder cívico) todavía es motivo de comentario en círculos intelectuales de la ciudad (existe un DVD de ese concierto titulado “Quilapayún a Palau”).
36 años después, cuando en Chile y en España lentamente se van apagando los últimos fuegos de esos periodos de barbarie, Barcelona rememora, homenajea y agradece la canción comprometida con el hombre, con la revolución, pero también con las estrellas, con el sueño de vivir y compartir el pan fraterno.
10 años atrás, en Antofagasta, tuve la oportunidad de ver, por primera vez en mi vida a este legendario grupo, pero una torpeza inexcusable -que no detallaré aquí- me privó de tamaña oportunidad.
Lo lamenté mucho y hoy, todavía me arrepiento, puesto que renuncié a la posibilidad de compartir era rica experiencia con Jaime Tapia y, especialmente, con Huberto Plaza, dos hermanos de sangre que me regaló la vida. El segundo de los nombrados ya partió de este mundo. Y aunque Huberto ya no está, me parece ver su rostro cuando estoy escribiendo en la soledad de mi pieza catalana.
Pero el año 2009, un amigo jesuita, Cristóbal Madero Cabib s.j., me invitó a un recital de Quilapayun en el estadio Sokol. Asistí con Cecilia, mi señora y el amor de mi vida.
Entonces toda mi memoria de niño  y de adolescente escuchando viejos discos de vinilo, nuestro paso con mi familia de origen por Santa Cruz de la Sierra (Bolivia), mi itinerario por Arica como estudiante universitario y mi vida profesional en Antofagasta cobró sentido con canciones que no eran simplemente una conjunción perfecta de letra, melodía, armonía y ritmo debida al oficio. Eran mucho más que eso.
Eran el recuerdo de mi madre luchando contra el frio invernal de Calama provista únicamente de amor para sus hijos, era mi padre obrero caminando de noche “en la pampa inmensa” para llegar a una fiesta familiar, era el dolor, el sufrimiento y la derrota pasajera. Era el grito y la rebelión de tantos que lucharon, tantos que murieron en defensa de esos ideales. Todos lo sabemos.
Hoy Barcelona ha reivindicado esa forma de entender la vida. Y de soñarla de verdad, luchando por esos sueños. Yo tuve la oportunidad de verlo. Con mucho dolor en el alma. Porque las personas que más quiero en la vida, Cecilia, Pablo Andrés, Patricio Javier y mi nieta Valentina están lejos, muy lejos “a miles de millas de un país concreto”.
Pero así es la vida. Hace muchos años, presentando un recital del poeta Mayo Muñoz escribí: “La vida corona los vuelos con adioses”. Esa frase me mordía el alma en el último tiempo. Para crecer, debía irme de Chile. Espero que así lo entiendan mis exalumnos, seres maravillosos con los cuales, en un contubernio de Literatura, Cine y Música, aprendimos que los amigos son como las estrellas: aunque no los veamos, siempre están ahí.
Esto también para ustedes, queridos Iván Salas, José Manuel Gaete, Jorge Navarrete, Ricardo Díaz, Víctor Escobar y algún otro que he olvidado emocionado.
¡Visca Xile y Catalunya Lliures! ¡Et tots els pobles del mon!

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